El ascenso de Tucumán Central tuvo una carga emocional que excedió lo estrictamente deportivo. Tras la consagración ante General Paz Juniors en la final del Torneo Federal A, su entrenador, Walter Arrieta, sorprendió con una confesión íntima: deberá cumplir una promesa y regresar a Catamarca como peregrino.
“Ahora me toca volver”, admitió el DT, todavía con la voz atravesada por la euforia. No se trató de una frase al pasar. Detrás de esa declaración hay una historia que comenzó en uno de los momentos más delicados del campeonato, cuando el equipo atravesaba una racha adversa de dos derrotas y un empate que encendieron las alarmas.
En ese contexto, Arrieta visitó a un amigo que atravesaba una situación personal difícil. Allí recibió una imagen de la Virgen que pertenecía a la madre del anfitrión, ya fallecida, con un pedido especial: llevarla a los partidos como protección. Desde entonces, el entrenador adoptó el gesto como un ritual silencioso. Coincidentemente —o no—, el equipo empezó a cambiar su energía y a encadenar resultados positivos.
La carga simbólica alcanzó su punto máximo en la final, disputada en Catamarca, tierra de la Virgen del Valle. “Nos tocó jugar en su casa”, deslizó Arrieta, sugiriendo que el escenario tuvo un significado especial. Incluso reveló que la imagen sufrió una rotura y que, como parte de su promesa, deberá regresar para dejarla y adquirir otra. De ahí la peregrinación anunciada.
Más allá del componente espiritual, el entrenador puso el acento en la fortaleza mental del plantel. Para Arrieta, el ascenso se construyó desde la resiliencia. “Nunca se rindieron”, subrayó al referirse a sus dirigidos, y destacó la capacidad del grupo para reponerse en los momentos críticos, especialmente en la definición por penales. Según explicó, el trabajo psicológico fue una constante durante la temporada: transformar la adversidad en impulso competitivo.
El mensaje también incluyó un reconocimiento explícito a los hinchas. Arrieta consideró que el título pertenece a quienes acompañaron el proceso cotidiano, a los que observaron el crecimiento institucional y sostuvieron al equipo en las malas. La copa, sostuvo, es una recompensa colectiva.
En cuanto al futuro inmediato, eligió la prudencia. Primero habrá celebraciones y descanso; después llegará el tiempo de ordenar lo que viene. El salto de categoría exigirá planificación y ajustes, pero ese análisis quedará para más adelante.
Por ahora, el calendario del entrenador tiene una cita impostergable. Antes de pensar en nuevos desafíos en el Federal A, Walter Arrieta ya sabe cuál será su próximo viaje: Catamarca, esta vez no como protagonista de una final, sino como peregrino dispuesto a cumplir su palabra.

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