Con tan solo 12 años, Miqueas Ayosa demuestra día a día que los sueños no tienen límites cuando hay pasión, esfuerzo y personas dispuestas a acompañar.
Miqueas, quien tiene autismo y TDH, encontró en el deporte mucho más que una actividad recreativa: halló amistades, confianza y un espacio donde sentirse parte.
Sus primeros pasos fueron en el básquet del Club Red Star junto al profesor Carlos, quien lo recibió con cariño desde el primer día. Paralelamente asistió a clases de karate en el dojo del profesor Leandro Soria y también comenzó fútbol en la escuelita del Polideportivo 250 Viviendas con los profesores Juan Sotomayor y luego Lucas Moya, donde siempre fue acompañado e incluido con afecto.


Con el paso del tiempo y viendo a sus primos jugar en las inferiores de Salta Central, nació en él un gran sueño: formar parte de un club. Desde entonces comenzó a entrenar con más fuerza y compromiso. Hizo boxeo recreativo con Abraham “La Cobra” Bulacio, acondicionamiento físico con Rafael Gómez y, desde comienzos del año pasado, asiste a la Escuela Formativa de Arqueros Los Amigos junto a los profesores Miguel, Cristian y Fede.
Allí avanzó muchísimo y ganó la confianza necesaria para dar el siguiente paso. Como padres, decidieron buscarle un club donde pudiera ser feliz y sentirse contenido. Y Miqueas tenía claro cuál quería que fuera: Salta Central.

Fanático del club por seguir a sus primos Nehuén y Eluney durante años, también existe un fuerte vínculo familiar, ya que su padre jugó en las inferiores de la institución cuando la cancha estaba ubicada sobre Avenida Italia.
Hoy, gracias al profesor Rodrigo y al grupo que lo recibió con los brazos abiertos, Miqueas ya pudo sumar minutos en cancha, compartir viajes con sus compañeros y disfrutar de experiencias inolvidables como los post partidos y salidas con el equipo.

“En el club encontró la amistad y la inclusión que muchas veces no encontró en otros ámbitos como el escolar”, expresan emocionados sus padres.
Miqueas es feliz. Y su familia también. Porque el fútbol le permitió cumplir una de tantas metas que tiene por delante. Sueña en grande, como cualquier niño: jugar algún día en Buenos Aires, llegar a Primera División y convertirse en arquero profesional como Emiliano “Dibu” Martínez o Orlando Gil, guardameta de San Lorenzo de Almagro, club del cual es fanático junto a toda su familia.
Una historia que demuestra que el deporte puede cambiar vidas, abrir puertas y, sobre todo, abrazar.

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